
En Salerno, septiembre no es solo el mes que marca el fin del verano. Es el mes de San Mateo, el patrón de la ciudad, y de una fiesta que cada año logra transformar calles, plazas y el paseo marítimo en un gran espacio colectivo de fe, memoria y tradición. El 21 de septiembre representa el momento más esperado, cuando la ciudad se vuelca a las calles para acompañar a su Santo en la tradicional procesión, en una cita que entrelaza la devoción religiosa y la identidad ciudadana.
El vínculo entre Salerno y San Mateo hunde sus raíces en una historia antigua. Según el Evangelio, Mateo era Leví, un publicano, es decir, un recaudador de impuestos, hasta el encuentro con Jesús que le dijo «Sígueme». A partir de ese momento abandonó su vida anterior para convertirse en apóstol y evangelista. La historia de sus reliquias está, en cambio, ligada a una tradición secular según la cual fueron encontradas en Velia en el año 954 y posteriormente trasladadas a Salerno por voluntad del príncipe lombardo Gisulfo I.
Precisamente las reliquias representan uno de los aspectos más evocadores de la devoción salernitana. Entre ellas se encuentra el Brazo de San Mateo, custodiado en la Catedral, que en los días previos a la fiesta es llevado de visita a algunos lugares particularmente significativos de la comunidad, como la prisión de Fuorni, el hospital Ruggi, la Guardia de Finanzas y el Campolongo Hospital. Es un gesto de gran valor simbólico: el Santo sale del lugar sagrado para encontrarse concretamente con la ciudad, llegando a personas y realidades de la vida cotidiana.
La espera de la fiesta comienza, sin embargo, mucho antes del 21 de septiembre. El 21 de agosto se celebra la tradicional Alzata del Panno, el rito que inaugura oficialmente el camino hacia la fiesta patronal. En el paño aparece la célebre frase atribuida por la tradición a San Mateo: «Salerno es mía, yo la defiendo». La exposición del paño se convierte así en una especie de cuenta atrás colectiva, un momento en el que la ciudad comienza simbólicamente a prepararse para la llegada de su día más importante.
La fiesta, no obstante, no se limita a un solo día. En los días previos se suceden celebraciones religiosas, iniciativas culturales, momentos de oración y eventos dedicados a la tradición ciudadana. Es precisamente esta dimensión prolongada lo que convierte a San Mateo no solo en una festividad religiosa, sino en un verdadero recorrido a través del cual Salerno redescubre cada año su propia historia.
El momento culminante llega el 21 de septiembre, con la gran procesión de los simulacros. Junto a San Mateo desfilan los santos compatronos de la ciudad: San José, San Gregorio VII y los Santos Mártires salernitanos Cayo, Ante y Fortunato. El cortejo atraviesa el centro de la ciudad y llega al paseo marítimo, donde se renueva uno de los momentos más característicos de la celebración: la bendición del mar.
Es difícil separar a San Mateo de la imagen de Salerno asomada al Mediterráneo. La bendición del mar representa, de hecho, un puente entre la dimensión religiosa y la historia misma de la ciudad, siempre profundamente vinculada al puerto, a la navegación y a las actividades marítimas. Confiar el mar a la protección del patrón significa renovar una tradición en la que la fe y la identidad ciudadana se encuentran.
Pero el verdadero protagonista del día sigue siendo el simulacro de San Mateo, una estatua de plata llevada a hombros por los portadores a través de las calles de la ciudad. La multitud sigue al Santo, lo acompaña, lo espera y marca su paso. Es una participación que va más allá de simplemente observar: para muchos salernitanos, la procesión es un encuentro familiar, una tradición transmitida de generación en generación.
Y luego está el momento que probablemente más que ningún otro hace reconocible la fiesta: el regreso a la Catedral y la carrera final del Santo por la escalinata del Duomo. El paso de los portadores se acelera, la multitud se estrecha alrededor de la estatua y la tensión acumulada durante el día explota en pocos y espectaculares instantes. Es una escena que encierra perfectamente el espíritu de la fiesta: solemne y popular al mismo tiempo, profundamente religiosa pero también capaz de involucrar a toda la ciudad.
Cuando la procesión termina, sin embargo, San Mateo aún no ha concluido. Quedan las celebraciones, el ambiente en las calles, los encuentros familiares, las tradiciones gastronómicas y los fuegos artificiales de San Mateo, que acompañan la conclusión de los festejos.
Quizás sea precisamente esta capacidad de mantener unidos el pasado y el presente lo que explica por qué, todavía hoy, San Mateo representa algo más que una fiesta patronal. Por unos días, Salerno recupera un lenguaje común hecho de símbolos, memoria y participación. Las generaciones cambian, la ciudad se transforma y sus costumbres evolucionan, pero cada septiembre la relación con el patrón vuelve a hacerse visible en las calles. Y así, San Mateo sigue siendo, para Salerno, no solo el Santo a celebrar, sino una parte de la historia y de la identidad de la ciudad.




