
Acto de Ofrenda del Pan (De la Liturgia Eucarística)
Bendito seas Tú, Señor, Dios del universo:
por tu bondad hemos recibido este pan,
fruto de la tierra y del trabajo del hombre;
te lo presentamos a Ti, para que se convierta para nosotros en alimento de vida eterna.
Bendito seas Tú, Señor, Dios del universo:
por tu bondad hemos recibido este vino,
fruto de la vid y del trabajo del hombre;
te lo presentamos a Ti, para que se convierta para nosotros en bebida de salvación.
El Acto de Ofrenda del Pan y del Vino, conocido litúrgicamente como la presentación de los dones o el ofertorio en la Misa de rito romano, representa uno de los momentos más densos de significado simbólico y teológico de toda la liturgia eucarística. Históricamente, este rito hunde sus raíces en las antiguas prácticas de las comunidades cristianas primitivas, donde los fieles llevaban materialmente desde sus casas el pan y el vino necesarios para la celebración. Estos elementos no eran simplemente símbolos abstractos, sino el fruto concreto del trabajo diario, del sudor y de la cooperación del hombre con la creación divina.
Desde el punto de vista teológico, la fórmula de la oración (Benedictus es, Domine) es fuertemente deudora de las bendiciones judías tradicionales, las llamadas *berakhot*, que Jesús mismo habría recitado durante la Última Cena. A través de esta oración, el sacerdote reconoce que cada bien material proviene originalmente de la generosidad y de la bondad creadora de Dios («de tu bondad hemos recibido…»). Al mismo tiempo, existe una extraordinaria valoración de la laboriosidad humana: el pan y el vino son ciertamente frutos de la naturaleza (tierra y vid), pero también el resultado del «trabajo del hombre», elevando así la actividad humana cotidiana a materia susceptible de ser santificada.
Una curiosidad histórica fascinante concierne la evolución de este rito: a lo largo de los siglos, especialmente en el rito romano tridentino, el ofertorio se había enriquecido con oraciones silenciosas y muy complejas de corte fuertemente sacerdotal y sacrificial. Con la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia quiso recuperar la simplicidad original y la transparencia de estas fórmulas, que evocan explícitamente la dimensión del banquete y de la ofrenda comunitaria. El pan ofrecido no permanece como un elemento común, sino que es entregado a Dios para que se transforme, por el poder del Espíritu Santo y las palabras de la consagración, en el Cuerpo de Cristo, convirtiéndose para los creyentes en prenda de inmortalidad y alimento de vida eterna.




