Hoy la Iglesia conmemora a San Caprasio, mártir del siglo IV en Agen, Francia. Su historia está indisolublemente ligada a la de la joven Santa Fe, un relato de fe inquebrantable que continúa cuestionando e inspirando a los creyentes de todas las épocas. Durante las persecuciones anticristianas dirigidas por el feroz gobernador Daciano, Caprasio había elegido inicialmente el camino de la prudencia, ocultándose en los montes circundantes para escapar de la furia de los verdugos. Sin embargo, la providencia y el ejemplo de otra alma pronto cambiarían el curso de su destino. Fue testigo desde lejos del martirio de Santa Fe, una joven que afrontó con un coraje sobrehumano y milagroso el suplicio de la parrilla. Aquel espectáculo de gracia y abandono total en Dios sacudió profundamente a Caprasio. Un repentino y ardiente fervor espiritual lo impulsó a vencer el miedo: descendió de los montes, entró en el corazón de la ciudad y se presentó ante las autoridades, confesando públicamente su fe en Cristo. Su testimonio fue breve pero luminoso: condenado inmediatamente a la pena capital, fue decapitado en el lugar, uniéndose en la sangre y en la gloria a Santa Fe. La figura de San Caprasio nos recuerda que el testimonio cristiano no teme a la debilidad humana, ya que la gracia divina sabe transformar incluso el temor en un acto de supremo amor.




