
Oración antes de recibir la Eucaristía – San Juan Damasceno
Ante las puertas de tu santo templo estoy,
y sin embargo no me aparto de mis malos pensamientos.
Pero tú, oh Cristo Dios, que justificaste al publicano,
que tuviste compasión de la cananea
y abriste el paraíso al ladrón,
abre para mí las entrañas de tu misericordia,
y recíbeme mientras me acerco a ti y te toco,
como a la pecadora y a la hemorroísa.
Esta, en efecto, tocando el borde de tu manto,
obtuvo pronto la curación;
aquella, abrazando tus santísimos pies,
fue liberada del vínculo de sus pecados.
Y yo, miserable, que me atrevo a recibir todo tu cuerpo,
haz que no sea consumido, sino recíbeme, oh Dios,
como a ellas, e ilumina mis sentidos espirituales,
quemando mis culpas,
por intercesión de aquella que te engendró sin semilla
y de las potencias celestiales;
porque tú eres bendito por los siglos de los siglos. Amén.
La oración antes de recibir la Eucaristía atribuida a San Juan Damasceno representa una de las cumbres de la literatura litúrgica y espiritual de Oriente, profundamente arraigada en la tradición patrística. San Juan Damasceno, quien vivió entre los siglos VII y VIII, fue uno de los más grandes teólogos de la Iglesia bizantina, además de insigne defensor del culto a las imágenes sagradas durante la crisis iconoclasta. Doctor de la Iglesia, su obra magna, «La fuente del conocimiento», incluye tratados fundamentales sobre la Eucaristía, vista no como un simple símbolo, sino como la verdadera carne y la verdadera sangre de Cristo a través de la transustanciación (o transmutación) operada por el Espíritu Santo.
Desde el punto de vista teológico e histórico, esta oración se inserta en el contexto de la preparación inmediata al Sacramento del altar, un momento que en la Iglesia bizantina, y por extensión en la católica de rito romano que ha acogido su riqueza espiritual, siempre ha estado rodeado de un profundo temor reverencial y de un agudo sentido de la propia indignidad frente a la santidad de Dios. El texto recurre poderosamente a figuras bíblicas femeninas emblemáticas: la pecadora anónima del Evangelio de Lucas, la mujer hemorroísa y la cananea. Estas figuras no son evocadas para subrayar la condena, sino para resaltar la misericordia sin límites de Cristo, quien nunca rechaza a quien se acerca a Él con fe contrita, incluso en medio de su propia miseria espiritual.
Una curiosidad fascinante de esta oración reside en la paradoja cristológica y existencial que expresa: el creyente se reconoce pecador y «miserable», consciente de que acoger «todo el cuerpo» de Cristo podría paradójicamente quemarlo a causa del fuego devorador de la divinidad. Sin embargo, al igual que la pecadora que besaba los pies de Jesús y la hemorroísa que tocaba su manto, el orante se atreve a acercarse. La mención final de la Theotokos (la Madre de Dios) y de las potencias celestiales inserta el acto eucarístico no como un evento aislado, sino como una participación mística en la liturgia celestial, donde la tierra se une al cielo en la alabanza perenne del Dios bendito por los siglos.




