
Hoy la Iglesia recuerda a Santa Fe de Agen, virgen y mártir del siglo IV. Joven cristiana originaria de Aquitania, Fe enfrentó con extraordinario valor el tribunal del gobernador Daciano durante la feroz persecución desatada por el emperador Diocleciano. Ante la imposición de adorar a las deidades paganas del Estado romano, la joven eligió sin vacilación el camino del testimonio cristiano, profesando con firmeza su fe en Cristo. Su inquebrantable decisión le costó un atroz suplicio: fue atada a una parrilla ardiente y, finalmente, decapitada. Su sacrificio extremo, realizado a temprana edad, permanece a través de los siglos como un símbolo luminoso de fidelidad evangélica y de resistencia espiritual contra toda forma de abuso e idolatría.




