
Hoy la Iglesia recuerda la figura luminosa y valiente de San Nicomedes, mártir romano que vivió entre los siglos I y II. Sacerdote antiquísimo de la comunidad cristiana de Roma, Nicomedes vinculó su testimonio de fe a las horas más oscuras de las persecuciones imperiales, bajo Domiciano o Trajano. En una época en la que profesar el nombre de Cristo significaba exponerse a una condena segura, este celoso presbítero no retrocedió. Su misión caritativa se centró en asistir a los cristianos encarcelados y en realizar una obra de misericordia tan arriesgada como esencial: dar sepultura cristiana a los cuerpos de los mártires, rescatándolos del olvido y del ultraje. Descubierto mientras desempeñaba este piadoso oficio, se le impuso renegar de su fe y ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Ante la disyuntiva imperial, San Nicomedes eligió la fidelidad al Evangelio, enfrentando el martirio. Fue brutalmente golpeado hasta la muerte a lo largo de la Vía Nomentana, donde su cuerpo fue depositado, sellando con su sangre una vida entregada enteramente a Dios y a los hermanos más vulnerables.



