
Hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa Eufemia de Calcedonia, virgen y mártir que vivió entre los siglos III y IV. Joven cristiana de origen noble, Eufemia sufrió el martirio durante la feroz persecución del emperador Diocleciano en la ciudad asiática de Calcedonia, frente a Bizancio. Sometida a terribles torturas, que afrontó con una fe inquebrantable y un valor admirable, la Santa nunca negó el nombre de Cristo, concluyendo su vida terrenal en el anfiteatro, desgarrada por las fieras. Su testimonio y la sangre derramada por el Evangelio dejaron una huella indeleble en la comunidad cristiana de la época. En el lugar de su sepultura se edificó una magnífica basílica, destinada a pasar a la historia no solo como lugar de peregrinación, sino también como sede, en el año 451, del célebre Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cuarto concilio ecuménico de la Iglesia católica, durante el cual se definió solemnemente la doctrina de las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo. Aún hoy, Santa Eufemia sigue siendo un faro luminoso de fidelidad a Cristo y un símbolo de cómo el coraje de los pequeños puede cambiar la historia de la Iglesia.



