
Hoy la Iglesia católica celebra la memoria de San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia, una de las figuras más ilustres e influyentes de la historia cristiana. Que vivió en el siglo VI, este monje benedictino ascendió al solio pontificio en una época de extraordinaria turbulencia, marcada por las invasiones lombardas y la crisis del Imperio romano de Occidente. Con extraordinaria agudeza política y profunda espiritualidad, Gregorio reorganizó la Iglesia de Roma, gestionó directamente los bienes eclesiásticos para socorrer a los pobres y negoció la paz para la ciudad eterna. Su obra reformadora tocó profundamente la liturgia y dio un impulso fundamental al canto sacro, que de él tomó el nombre de ‘Canto Gregoriano’. Como verdadero pastor animado por el celo misionero, no dudó en enviar a San Agustín de Canterbury (Nota de la redacción: San Agustín de Canterbury) a evangelizar las islas británicas. Entre sus legados más valiosos destaca la ‘Regla Pastoral’, una verdadera obra maestra sobre la naturaleza y la formación del ministerio sacerdotal, que durante siglos ha sido el manual de referencia para generaciones de obispos y sacerdotes. San Gregorio amaba definirse como el ‘siervo de los siervos de Dios’ (servus servorum Dei), un título que encierra la esencia de un pontificado vivido enteramente en el amor a Cristo y en la dedicación total a los hermanos.




