
Hoy la Iglesia celebra la figura imponente de San Moisés, profeta y legislador del Antiguo Testamento, reconocido como el profeta más grande del pueblo de Israel. Elegido por Dios a través del signo de la zarza ardiente, Moisés fue el instrumento divino escogido para liberar a los hebreos de la esclavitud en Egipto. Guiado por la fe, se enfrentó al Faraón y fue protagonista de los grandes prodigios de las diez plagas y del extraordinario paso del Mar Rojo. En el monte Sinaí, Moisés recibió de YHWH las Tablas de la Ley, los Diez Mandamientos que aún hoy representan el fundamento ético y espiritual no solo de la tradición judeocristiana, sino de la civilización occidental. Durante cuarenta años condujo con paciencia y dedicación a su pueblo a través de las asperezas del desierto, sostenido por el maná y la promesa divina, hasta contemplar los umbrales de la Tierra Prometida antes de entregar su alma a Dios. La figura de Moisés permanece como el símbolo eterno de la liberación del pecado y de la guía espiritual que conduce a la humanidad hacia la alianza con el Creador.




